SENTIMIENTOS DE UN ADOLESCENTE QUE SUFRE ACOSO ESCOLAR

Hace dieciocho años que partí en este barco sin llegar a puerto alguno. Es un bajel colosal, atrapado en un océano inmenso. A pesar de haber embarcado hace tiempo, duración insignificante si la comparamos con la de muchos de los tripulantes, apenas conozco a nadie aquí. Digamos que es debido a mi costumbre de estar recluido en mi camarote. Curiosamente, en las habitaciones próximas a la mía sólo hay adolescentes, motivo suficiente para no abandonar mi habitáculo. Cuesta tanto hallar a alguien que merezca la pena entre tanta gente joven… En muy pocas ocasiones oigo la voz de algún hombre adulto. Abandono mi soledad y me aproximo a esa voz con la esperanza de que se trate de una persona inteligente. Intento averiguar los motivos por los que no ha abandonado el barco todavía. Yo he saltado al helado océano tantas veces… pero nunca he conseguido ahogarme. Nada me retiene en este barco, pero no logro suicidarme. ¿Por qué resulta tan difícil morir? La vida debería ser más fácil al no importarte morir. Al menos se siente mucha paz cuando sabes que llega el final. Pero la angustia te aturde al descubrir que, en realidad, ese final no llega. Nunca vamos a encontrar un puerto en el que atracar, entonces, ¿por qué continuar la travesía si el barco zozobrará tarde o temprano? Nadie tiene respuesta a mis preguntas.

Un hombre culto me ofrece su compañía siempre que puede. Intenta salvarme. He tenido mucha suerte al hallarle en un barco de estas dimensiones, ya que no he encontrado ni siquiera a mi familia. Pero hasta él ha perdido la esperanza, porque sabe que nunca podrá retenerme en el barco y que, algún día, en uno de mis intentos, conseguiré ahogarme y él se ahogará conmigo. ¿Por qué no cambiarme por las aves de este cielo o los peces de este mar si los humanos me devoran igual? Por lo menos, al ser un animal, su mordisco sólo me produciría un dolor corpóreo y, con algo de suerte, mi carne se les indigestaría. Desearía ser el Sol para que el agua me engullera a la llegada del ocaso y que todo cuanto vive muriera al no volver el Sol a iluminar la Tierra. Salvadme, matadme, tiradme al mar. Que las rojas olas se lleven mi recuerdo. ¿Quién hará de peso necesario para que el océano me trague? Sólo deseo dejar de añadir agua al mar.

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