MI FAMILIA

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Mi abuelo es un alcohólico y un maltratador, aunque él cree que no lo es porque siempre tiene la nevera llena. Pegaba a mi abuela, a mi madre y a mí. Mi abuela le provocaba con insultos, además de ser una persona cizañera, dependiente y angustiada. Se llevaban fatal, no dormían nunca juntos, pero no se divorciaban. Mi hermana y yo crecimos viendo cómo se maltrataban, lo que afectó muy negativamente a nuestras futuras relaciones de pareja. Recuerdo que mi abuelo hizo sangrar a mi madre una vez por la nariz de un puñetazo y que, en otra ocasión, le rompió los tendones de la mano con una silla y tuvieron que operarla; pero ella dijo que se había caído de la bicicleta. Un día persiguió al padre de mi hermana con un cuchillo. Solía amenazar a las parejas de mi madre y a las mías con la escopeta. Como yo era la única de la familia que opinaba que eso no eran cosas de familia e iba contando la verdad por ahí, ellos le decían a todo el mundo que yo estaba loca. Mi abuelo solía pegarme con el cinturón y disfrutaba riéndose de mí, lo que me generaba una impotencia y una rabia increíbles. Me llevó tan al límite que me planteé seriamente acabar con su vida. Al hacerme adulta dejó de pegarme, porque era la única de la familia que se defendía. En una ocasión en la que venía a por mí, cogí la escoba y le dije: “Como te atrevas a tocarme, te reviento.” A día de hoy me tiene miedo.

Para mi abuelo todas las mujeres somos unas putas y lo único que queremos es robarle su dinero. Es una persona con un concepto tan bajo de lo que es ser mujer que me sentí hombre toda mi infancia, porque yo no podía aceptar ser eso. Cuando escribía sobre mí misma, lo hacía en masculino, usaba ropa de hombre, no me maquillaba, jugaba a pegarme con la gente, era bruta, fuerte, trepaba a lo alto de los árboles, me colaba por el tejado de la casa del guardabosques, llegaba a la desembocadura del río, lo hacía todo por mí misma y todo a escondidas, porque eso eran cosas de hombre que yo no podía hacer. Si se le salía la cadena a mi bicicleta, la volvía a meter a escondidas. El día que me partí el cúbito no me pegó de milagro, al ver el hueso colgando me llevó al hospital. He tenido bastantes prejuicios con las mujeres. Me caían mal por ser aburridas, pijas, frívolas y porque yo les caía mal a ellas, porque sus parejas querían acostarse conmigo. Ahora sé, aunque la mayoría no me entienda y me considere una machista, que el problema no lo tengo con las mujeres, sino con el concepto de mujer, con cómo son muchas mujeres por la educación que han recibido. Me sentí mujer por primera vez cuando quise ser madre. Ahora diría que no soy ni un hombre ni una mujer, que soy una persona.

De pequeña yo era un apoyo para mi madre. Era una niña muy madura para mi edad y a ella le gustaba que la escuchara, la aconsejara y la consolara. En esa época yo creía que lo que mi madre decía era la verdad. Me contaba con todo detalle cosas que yo no tendría por qué saber a esa edad. Con mi hermana veía películas pornográficas y fumaban juntas antes incluso de que fuera adolescente. Nos enseñaba sus partes y tocábamos ahí, pero yo nunca lo consideré abusos porque era como aprender anatomía, al igual que las cosquillas de mi abuela tocándonos los pechos, que no sabía si eran abusos o juegos. Cuando mi hermana tenía cinco años me acosté con ella, aunque no lo recuerda. A mi abuelo paterno le masturbé con siete años y pensé que se había orinado en mi mano. No sé qué se siente al perder la virginidad porque no sé cuándo la perdí. No tengo recuerdos de antes de los siete años y a esa edad ya no era virgen. Siempre pensé que nadie me había violado ni había abusado sexualmente de mí porque yo lo deseaba y parecía muchas veces que era yo la que lo buscaba.

Nunca dejé que mi madre le pusiera la mano encima a mi hermana. Una vez sí que le dio con una bota, pero fue porque quiso lanzársela al padre de mi hermana y ella se puso en medio. Mi hermana pudo elegir irse con su padre cuando se separaron nuestra madre y él. Ella no fue criada por pederastas, no recibió golpes de mi madre ni acoso escolar, pero sí que le quedaron secuelas del abandono y de los malos tratos que presenció entre mis abuelos. Ahora ella es una maltratadora de parejas, al igual que yo, pero ella no se da cuenta de que lo es. Como soy consciente de que lo soy con algunas parejas y no quiero ser algo así, aviso a mis parejas de lo que puede pasar y, si veo que pasa, les digo que tenemos que terminar con la relación. Ellos suelen preferir que les maltrate a que les deje, pero no podría vivir conmigo misma siendo ese tipo de persona. En realidad hay muchas personas que maltratan, a distintos niveles, pero como no creen hacerlo y como no dicen que lo hacen es como si no lo hicieran; en cambio yo, como lo reconozco y me atrevo a decirlo, es como si fuera más maltratadora que esas personas, aunque no sea así.

Toda mi familia por parte de madre tiene una personalidad similar. Son vendedores, extrovertidos, con salero, con desparpajo, con picardía… Yo soy la única de la familia “tan buena que parece tonta”, introvertida, tímida, inocente… En lo que sí que me parezco es en que tengo los mismos ataques de ira descontrolada que mi abuelo, que mi madre y que mi tío. Él la controlaba con deporte y yo alejando de mi vida a las personas que me generan impotencia y rabia, como mi familia y el padre de mi hijo. Cuando hablaba no me escuchaban. Decía algo relacionado con la conversación que estaban manteniendo y otro se ponía a hablar antes de que hubiese terminado la frase, como si yo no estuviera diciendo nada. Pensaba que cuando cumpliera los dieciocho años empezarían a escucharme, pero no fue así. En general la gente me miraba como si fuera un bicho raro cuando decía algo. Mi psicóloga dice que tengo tanta necesidad de defenderme porque he sido anulada de manera sistemática.

Mi madre no solía estar en casa. Se iba con sus amantes durante semanas o, si no tenían casa propia, les metía en la nuestra y yo lo oía todo. A veces se le olvidaba pagar las facturas en ese tiempo que estaba fuera. Llegué a estar seis meses sin agua caliente. Cuando aparecía por casa solía pegarme si algo le molestaba, por ejemplo, que no le prestase atención. El truco era encerrarse en el baño cuando mi abuelo o mi madre me querían pegar, porque, si les daba el tiempo suficiente para que se tranquilizaran, se les acababa pasando y ya no me pegaban. En el chalet de mis abuelos había pestillo en los baños, pero en el piso de mi madre no, así que sujetaba la puerta con mi espalda empujando con los pies en la taza para que no pudiera entrar. Tardé bastantes años después de irme de casa en dejar de tener pesadillas con pestillos y puertas. Me llevaba de fiesta con ella, se emborrachaba y me dejaba por ahí tirada para irse con alguien, lo que solía aprovechar alguno para acostarse conmigo. Yo iba con ella porque me sentía muy sola. Alguna vez llegué a decirle que la quería y me sentí fatal por ello, porque era la necesidad de afecto la que hablaba y sentía que yo no tenía dignidad ninguna diciéndole algo así siendo el tipo de madre que era. Ella sabía que quería más a mi padre que a ella, porque, aunque me había abandonado, no me pegaba ni me trataba como ella; así que, por despecho, me decía que mi padre a mí no me quería. Una vez me provocó para que saltara una valla  en el zoológico y me la clavé en el gemelo. Necesitaba puntos, pero, como ya habíamos pagado la entrada, quiso completar la visita en vez de llevarme al hospital, mientras me limpiaba la sangre para que no me manchara el calcetín. Es la persona más mentirosa que he conocido jamás. Me obligaba a mentir a mí también, algo que no soporto hacer. En mi cabeza estaban los recuerdos reales, no sus mentiras, y a veces me confundía. Me llevaba bien con una de sus parejas y me daba pena porque la gente sabía que mi madre le engañaba con otros y se burlaban de él a sus espaldas. El día que le conté la verdad, las monjas en clase dijeron que teníamos que obedecer a nuestros padres. Yo levanté la mano y pregunté si había que obedecerles aunque te mandaran hacer cosas malas. Me sacaron de clase y les conté que tenía miedo de volver a casa, porque mi madre me iba a pegar una paliza por lo que había hecho. No recuerdo qué pasó después. A otro novio le dio con una botella de cerveza en la cabeza. Al padre de mi hermana le rompió el pómulo…

Yo tenía un amigo en Valencia que vivía con sus padres. Le dije a mi madre que me iba a Valencia a verle y se apuntó. Acababa de traspasar el bar y tenía tiempo libre y dinero, así que nos fuimos mi madre, su nuevo novio y yo. Ellos dos salieron de fiesta y a mi madre le robaron el bolso con el dinero del traspaso dentro. Les pidió dinero a los padres de mi amigo para que pudiéramos volver a Valladolid y se lo dieron. En vez de comprar los billetes, se gastaron el dinero en alcohol y se dieron una paliza entre los dos. Los padres de mi amigo tuvieron que sacarnos los billetes de vuelta y no quisieron volver a saber nada de mí en la vida. Mi madre estaba convencida de que el ladrón del bolso había sido él y le rompió una ceja con un cenicero. Yo estaba encerrada en mi habitación acurrucada en un rincón temblando por los gritos y los golpes. Él entró lleno de sangre en mi habitación, me abrazó y me pidió que mirase lo que mi madre le estaba haciendo, mientras mi madre le gritaba que me dejase en paz. Al final acabé manchada con su sangre.

La policía pasaba por mi casa de vez en cuando para evitar los malos tratos entre mi madre y sus parejas. Alguna vez tuve que declarar y decir lo que mi madre me había mandado que les dijera. Los servicios sociales vinieron una vez porque yo faltaba mucho a clase, pero les dije que todo iba bien y no hicieron nada. El daño ya estaba hecho, yo ya estaba llena de traumas y no quería perder lo poco que tenía: mi libertad. Una vez la policía de Segovia me retuvo en comisaría todo el día. Yo había quedado en Segovia con un hombre e iba con el uniforme escolar. En esa época con entregar un único DNI en los hoteles era suficiente, el suyo, pero la dueña me vio tan joven con el uniforme escolar que llamó a la policía por la mañana. Habíamos pasado la noche juntos y se fue a por el desayuno. Cerró la puerta con llave conmigo dentro de la habitación para que no me fuera y, cuando llegó la policía, no pude abrir. Al final a él no le hicieron nada y a mí me retuvieron hasta que vino mi madre a buscarme, pero no quiso hacerlo hasta la noche. La policía pensó que mi madre actuaba así porque estaba cansada de que pasara siempre lo mismo, pero era la primera vez que estaba en comisaría. A día de hoy todavía no sé por qué me llevaron a comisaría.

Se notaba que me habían pegado mucho porque, cuando alguien se movía cerca de mí bruscamente, me encogía y me cubría con los brazos. Mi madre me amenazaba con un cuchillo (con el mismo con el que me pilló intentando cortarme las venas y se fue a trabajar sin hacer nada para impedirlo) y me decía que me iba a rajar en canal. Solía decirme que ojalá me hubiera abortado, que le iba a pagar con el coño todo lo que ella había pagado por mí. Intentaba alejar a la gente de mi lado diciéndoles que yo era una esquizofrénica y que la maltrataba. Lo que pasaba era que ella siempre ha sido una persona a la que le gusta dar la imagen de ser perfecta y yo iba de frente, por lo que parecía que la mala era yo. Además, aunque no me defendía del acoso escolar, con mi abuelo y con ella estaba empezando a defenderme y por eso era una mala hija. La última vez que me pegó fue en casa del padre de mi hermana. Él no estaba. Yo quería irme a casa, pero mi madre no. Insistí y no recuerdo qué pasó, pero acabamos en la cocina, yo tirada en el suelo recibiendo golpes y mi hermana diciendo que parásemos porque íbamos a estropear la cocina. Me vi sangre en la mano. Me dolía la cabeza, porque me había golpeado en ella contra la pared y pensé que la sangre salía de ahí, pero era de mi madre. Al cubrirme con las manos y las piernas, me había defendido con las uñas y le había arañado en el brazo. Me llamó mala hija. Me fui. Llamé por teléfono al padre de mi hermana y le conté lo que había pasado. Me dijo que no podía pegar a mi madre, que tenía que aguantar, así que me escapé de casa y me fui a vivir en el coche de un hombre casado que se estaba separando de su mujer y después a su casa hasta que se murió su padre.

Seguro que me dejo muchas cosas, pero ni tengo tan buena memoria ni ganas de seguir escribiendo.

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