LA HISTORIA DE CÓMO PERDÍ A MIS HIJOS

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Nunca había querido ser madre. No tenía instinto maternal. Los hijos para mí eran lo que mi madre me había dicho a menudo que yo era: una carga, algo que sólo sirve para que pierdas la libertad y el dinero, una fuente de problemas…

Estaba pasando por una depresión. Por fuera sonreía, pero por dentro quería morirme todos los días. No quería hacer nada más que estar en la cama. Y ni siquiera entendía por qué. Me parecía que era una caprichosa, porque mi familia tenía mucho dinero y yo tenía de todo (porque para mi familia lo único importante era el dinero) y aun así me quería morir. Sentía un vacío enorme y no le encontraba ningún sentido a la vida. Me gustaba aprender, pero no podía estudiar en esas condiciones.

Para salir de la depresión busqué un objetivo. Decidí ser madre. No tenía estudios, no tenía trabajo, mi familia era un asco y mis relaciones de pareja un desastre; pero yo creía que lo importante para tener un hijo era amarle y tratarle bien, que todo lo demás era secundario. Iba a hacerlo bien, iba a ser una buena madre.

A los dieciocho años perdí al primer hijo. Mi madre acababa de irse de casa para vivir esa vida que supuestamente yo le había robado. Estaba embarazada casi de tres meses cuando empecé a sangrar. Fui al hospital muy asustada y me atendieron inmediatamente. Me hicieron una ecografía y me dijeron que todo estaba bien, que mi embarazo de pocas semanas seguía su curso, que a veces se producían sangrados sin que eso supusiese la pérdida del bebé, que guardase reposo absoluto y que volviese si tenía dolores o un sangrado mayor. Pero no estaba embarazada de pocas semanas, estaba embarazada de casi tres meses y al bebé no le latía el corazón, algo que pasa durante las primeras semanas, pero no en ese momento del embarazo.

De madrugada tuve unos dolores horribles. No podía caminar hasta el hospital. Llamé a una ambulancia. Me hicieron otra ecografía y me dijeron que todo seguía igual, que no había que pedir ambulancias por nada. Mientras me decían eso expulsé parte de lo que tenía en el útero. El dolor era tan intenso y tenía tanta ansiedad que vomité al lado del ecógrafo. Me dijeron que esa máquina era más cara que yo, que cómo se me ocurría vomitar ahí, que las crías no aguantamos nada y que no llorase, que con la edad que tenía que lo hubiera perdido era lo mejor.

Programaron un legrado (una operación que se realiza a ciegas, también llamada raspado o curetaje, en la que te sacan el contenido del útero raspándotelo y que puede llegar a dejarte estéril) como única posibilidad. Sin informarme de que existían otros procedimientos. Sin darme la libertad de elegir sobre mi cuerpo.

Según la comunidad autónoma en la que vivas o de si vas a la sanidad pública o a la privada, el legrado puede hacerse de una forma o de otra. Los hospitales públicos de Valladolid hacían, por protocolo, un legrado a toda madre con un aborto espontáneo, con anestesia general, tras ocho horas de dilatación y administrando antibióticos (lo que me produjo problemas recurrentes de hongos en la piel y candidiasis en la vagina).

Yo no estaba segura de querer hacer eso, quería informarme. Les pregunté que si dolía y me dijeron que no. Cuando me ingresaron, un hombre iba a introducirme unas pastillas por la vagina. A él también le pregunté que si dolía y me dijo que no. Tras meterme las pastillas me dijo la verdad, que podía dolerme y producirse sangrado y me prohibió levantarme de la cama a partir de ese momento. A las pocas horas no aguantaba los dolores. Pedí calmantes, pero no me los podían administrar porque mi médico no estaba en el hospital. Cinco horas tardó en aparecer. Me intentaron poner una vía. Me pincharon en unos ocho sitios diferentes, pero tenía tal ansiedad y la tensión tan alta que no eran capaces. Al final me pusieron los calmantes intramuscularmente, con una inyección en el glúteo; pero no hubo calmante que pudiera quitarme tanto dolor. Intentaba dormir, pero no me lo permitían, porque si no no podría dormir de noche. ¡Qué me importaba la noche, no aguantaba el dolor ahora! Ya sólo tengo algunos recuerdos de lo mal que me trataron. He preferido olvidarlo.

Con el segundo fui a un médico privado. Vio que con ese bebé me estaba pasando lo mismo que con el primero y quería hacerme un legrado. Quise pedir una segunda opinión, porque no tenía sangrado ni nada. Cuando fui al hospital a preguntar no entendieron por qué quería una segunda opinión. Les expliqué que los médicos me habían mentido anteriormente y que quería estar segura. Me contestaron que ellos no iban a ir en contra del criterio de un compañero y que me podían demandar por decir que los médicos mentían.

Al final el médico privado me convenció para que me hiciera un legrado, con un dilapán en vez de con pastillas y me aseguró que no me dolería con ese método. En resumidas cuentas, fue igual de horrible, aunque con una mejor atención, y además me dejaron restos, tuve una infección en el útero y estuve una semana con dolores muy intensos.

Al conocer a Luis por Internet mi familia le dijo que me llevara con él a Asturias porque querían alquilar el piso en el que había vivido toda mi vida. Como me echaron de casa, regalé a mi gata, me metí en la bañera con varias pastillas de éxtasis y una cuchilla y me corté las venas. Como no me morí, acabé viviendo en casa de la familia de Luis.

Tuve problemas con la familia de Luis y nos fuimos a vivir a Oviedo de alquiler con el dinero que mi abuela empezó a enviarme. Al quedarme embarazada de Dante hice reposo los tres primeros meses de embarazo para intentar no perderlo. Luis no quería tener hijos todavía y al final me había convencido para esperar unos años, disfrutar de la relación de pareja, estudiar, trabajar, etc. Pero me había quedado embarazada, porque hasta ese momento no había hecho nada para evitarlo. Me pidió que abortara, pero yo quería a mi hijo y no iba a matarle. Me amenazó con darme abortivos sin que me enterase, pero al final no lo hizo.

A los siete meses de embarazo dejé de recibir dinero de mi abuela, porque mi abuelo había descubierto que me lo enviaba cada mes y se lo había prohibido, así que tuve que volver a Valladolid, porque no podía pagar la casa, ya que mi pareja llevaba meses buscando trabajo sin éxito y a mí nadie me iba a contratar estando embarazada. Mi familia no sabía que estaba embarazada. Cuando me vieron me dijeron de todo. Mi familia me altera tanto que a veces me baja la regla al verles o sangro por la nariz o me sale calostro de los pechos a chorro. Al final me dejaron vivir en la que había sido siempre mi casa y quedaron en darme dinero todos los meses para que su nieto estuviera bien, pero mi abuela venía todos los días a molestar abriendo con sus propias llaves y mi abuelo me hacía chantaje con el tema del dinero y se reía de mí. Yo estaba tan mal que lo pagaba cada vez más con Luis. La matrona que me iba a atender en el parto en casa estaba en Asturias. No tenía muy buena reputación, pero era la única que había. En Valladolid ya no me quería atender nadie, porque estaba en el último mes de embarazo y no había tenido el seguimiento con ellas. Tenía que elegir entre parir en mi casa sola, en un hospital de Valladolid o en casa de los padres de Luis en Asturias. Parir en casa sola era poner en riesgo la vida de mi hijo, en un hospital de Valladolid no tengo un hijo ni loca y en casa de la familia de Luis no quería parir. La hermana de Luis me ofreció su casa y la acepté, pero su marido me dijo que no porque creía que eso era ilegal. Encontré una familia que había tenido a su hijo en su casa y me la dejaron.

No quería vivir con la familia de Luis, pero no tenía dónde estar. Todas las opciones eran malas. Luis seguía buscando trabajo. Cogió uno de comercial a comisión. Sólo estaba en casa para dormir y nunca cobró. Yo no tenía amigos y no hacía otra cosa en todo el día que cuidar de mi hijo. Me sentía muy sola. A mi hijo le dieron los famosos “cólicos”. Se pasaba llorando a veces hasta cinco horas al día. Tenía miedo de que se despertara. Alguna vez pensé en irme corriendo de esa casa y dejarlo todo atrás.

Mi hijo crecía y empezaba a ser más independiente. Allí comíamos fatal y yo no quería alimentarme así ni darle esa comida a mi hijo. Gateaba por un suelo sucio y frío. No tenía control sobre las decisiones que se tomaban, no tenía intimidad, no nos dejaban dormir bien… Llegó un momento en el que no aguanté más y me fui con Dante a la casa de mi madre en Canarias. Allí Dante se lo pasaba bien y yo estaba más relajada, pero Luis quería que volviera. Le dije que volvería cuando él encontrase trabajo y nos fuésemos a vivir a nuestra propia casa. Al poco tiempo me dijo que lo había conseguido y volví, pero no era cierto. Hice que mi madre convenciera a mi abuelo para que me dieran el dinero equivalente a seis meses de alquiler y me fui con Luis y con Dante al piso que Luis había visto cuando yo vivía en Canarias, aunque a mí no me gustaba. No teníamos contrato de trabajo ninguno de los dos, así que convencí a la casera pagándole varios meses por adelantado. Yo llevaba meses buscando trabajo de lo que fuera, pero nadie me contrataba. Habíamos solicitado el salario social, pero tardarían un año y algo en empezar a pagárnoslo. No podía esperar tanto. Le dije a Luis que la única solución era prostituirme y al final accedió. Llamé a mis abuelos para decirles que si no me seguían ayudando económicamente tendría que prostituirme y me contestaron que hiciera lo que tuviera que hacer.

La relación con Luis iba cada vez peor. Nos pegábamos. Me acusaba de irme por ahí con mis amigos, pero lo que hacía era trabajar. Si pasaba fuera más horas de las que me pagaban era porque algunos no aparecían, otros pagaban por menos tiempo del que en realidad estábamos juntos y otros directamente ni pagaban. En esa época todavía no había aprendido a cobrar por adelantado. Cuando se enteró de que algunos clientes me lo habían hecho sin preservativo porque se lo habían quitado durante la relación sexual o porque me habían violado, se llevó a Dante para que no volviera a darle el pecho y me pegó patadas cuando fui a casa de su madre. Ella lo vio y le dijo que no podía hacer eso. Me llamaba por teléfono mientras trabajaba para decirme lo mala madre que era, lo que lloraba Dante porque yo me iba, la de golosinas que tenía que darle para consolarle. Si tanto le molestaba que Dante lo pasara mal, que hubiera puesto él el culo. Mucho quejarse, pero el dinero bien que lo aceptaba. Existen muchas formas de consolar a un niño, ni es saludable comprarle gominolas ni necesario. El único momento que tenía para mí eran las dos visitas semanales al gimnasio. No tenía un horario fijo de trabajo, iba a visitar a los clientes cuando me lo pedían. Luis se encargaba de Dante y de la casa, aunque en casa no hacía nada. Yo no le daba importancia porque pensaba que cuidar de un niño ya era demasiado trabajo. Al llegar a casa del trabajo, me daba al niño y se iba a descansar. Yo cuidaba de Dante y no podía descansar, así que tampoco limpiaba la casa.

Él quería que siguiéramos juntos por el bien de nuestro hijo y yo pensaba lo contrario, que era bueno para nuestro hijo que nos separáramos para que no viviera en el maltrato. Estuve seis meses intentando que se fuera de mi casa, pero sin Dante no quería. Me sentía secuestrada en mi propia casa. Algunas personas me aconsejaban que le denunciara, pero yo tenía miedo de perder a mi hijo. Me decían que por qué lo iba a perder si yo no era drogadicta ni prostituta, pero es que sí que era prostituta y además Luis es una persona muy luchadora y más fuerte que yo mentalmente para pelear hasta el final y enfrentarse a los demás. Alguna vez intenté llamar al 016, pero me quitaba el teléfono. Un día nos estábamos pegando y le dije que su madre era una puta, porque sabía que si le decía eso me pegaría más. Empezó a estrangularme. Luego vi que Dante estaba en un rincón, moviendo sus manitas, pidiendo que paráramos, así que le dije a Luis que se fuera de mi casa y que se llevara a Dante. Aunque yo le dijera eso por no poder soportarlo más, fue un robo, pero nunca fui a la ley. No quería aguantar más ataques ni de Luis ni de su familia ni del sistema. Además, me dije a mí misma que yo no tenía ninguna familia que darle y que, aunque era mejor madre que Luis padre, alimentaba a mi hijo mejor que ellos y le trataba con más respeto y empatía, tenía problemas mentales de los que era mejor que Dante estuviera lejos.

Me mudé a Avilés. Iba a visitar a Dante una vez a la semana. Allí me sentía anulada como madre. Dante lloraba muchísimo cuando me iba, porque quería estar conmigo. A Luis le molestaba mucho, porque le había estado cuidando los últimos meses y no era con él con el que quería estar. Pero le dio igual que mi hijo quisiera vivir conmigo. Con el tiempo dejó de considerarme su madre y fui sustituida por su abuela. Estuve semanas pidiéndole a Luis que me llevara a Dante alguna vez, en vez de tener que ir yo siempre hasta Sotrondio, porque me afectaba psicológicamente estar en esa casa. Al final quedó en llevármelo a Oviedo, donde él vivía, a cambio de fijar él el horario. Sabía que trabajaba dos veces a la semana de doce a cinco de la mañana y fijó el horario de tal manera que sólo pudiese dormir tres horas. Me dijo que si no cumplía el horario no me dejaría seguir viendo a mi hijo. Me estaba afectando el trabajo, el trato con Luis y las dificultades que me ponía. No pude quedar todas las veces y me prohibió ver a mi hijo. De vez en cuando le escribía pidiéndole que me dejara verlo, pero nunca aceptó.

Me avergüenzo mucho del tipo de persona que era teniendo a Luis cerca. Ahora sé lo difícil que es tener un hijo en esas condiciones. Fui una irresponsable, porque puede que él no tenga una buena vida. Hubiese preferido entregárselo a una familia decente y a ser posible visitarle, pero el padre nunca me lo hubiera permitido.

El último embarazo que tuve fue de un cliente, guardia civil, que se quitó el preservativo y eyaculó dentro de mí. Fui a una clínica privada en Oviedo para abortar. Me preguntaron que si no iba a hacerme compañía nadie allí y la respuesta, como de costumbre, fue no. Fue rápido, con anestesia local y sin dilatación previa.

Así fueron mis experiencias con la maternidad. Al final ni lo hice bien ni fui una buena madre.

Plural: 4 Comentarios Añadir valoración

  1. Beatriz dice:

    A ver Jessica. Me acaban de hablar de tu blog, no te conozco en persona así que me vas a perdonar si opino sin saber mas de tí. Pero, has vivido todo eso SOLA????? Porque no me puedo creer con los tiempos que corren para la mujer que se haya permitido ESO. Si de verdad es asi y no tienes apoyo como me dijo Pablo, se nos deberia caer la cara de verguenza a TODOS por permitirlo. Desde luego que sepas que tienes toda mi solidaridad. Estoy segura que también la de muchas otras personas, que espero te la demuestren aquí.

  2. Pedro dice:

    Jessica… Todavía estoy en shock despues de saber de ti por Pablo y leer esto. A lo mejor no te acuerdas de mí, porque sólo te vi una vez. Pero es que, jamás habría ni imagimado que has pasado por esto si no lo veo ahora escrito. El mundo está lleno de hijos de perra y una persona sola no puede enfrentarse a ellos!! Por lo que conozco de tu vida has pasado miserias sola e indefensa demasiado tiempo. Pero con el apoyo de una red de amigos no hay nada imposible. Eso sí, si no confías en ellos y no cuentas lo que te pasa, nadie puede saber lo que necesitas. Ahora que todos lo sabemos, tu vida tiene que cambiar a partir de ya. Un beso enorme y cuenta conmigo 😉

  3. Jessica dice:

    Sí, Beatriz, lo he vivido sola. En esa época todavía ni conocía a Pablo. En la parte final, cuando me sentía secuestrada en mi propia casa sí y él fue mi apoyo y testigo de que no miento (como creen algunas personas). También ha conocido a mi familia. Ha pasado con ellos dos días y cree que es un milagro que siga viva. Pero, Beatriz, lo he vivido sola porque yo no he hecho nada por impedirlo. Ni llamé al 016 ni fui a la policía ni a un abogado ni a ninguna asociación. Lo único que hice fue hablar por teléfono con la psicóloga escolar de mi hijo para que ella me orientara cuando por fin conseguí su número y me trató fatal, así que lo dejé estar. No estaba preparada ni lo estoy ahora. Tengo muchos problemas que solucionar antes.

    Pedro, no te recuerdo. No sé si todavía quieres ayudarme, con las cosas que he hecho en los últimos días, pero muchas gracias. A ver si conseguimos algo entre todos. Te lo agradezco de corazón. Me hace mucha falta no pasar demasiadas horas al día sola.

  4. Pablo dice:

    Sí, doy fe de que poca gente que hubiese crecido con su familia habría salido normal del trago. He visto a personas tirar a perros en la calle con más cariño del que trataron a Jessica el día que le acompañé al funeral de su abuela. Yo mismo (sin que me conocieran de nada) fui incomodado con insidias y amenazas. Su madre y su abuelo dirán que intentaron hacer por ella de pequeña y fue rebelde. Pero dar dinero a un niño mientras lo anulan sistemáticamente… creo que la consecuencia sale en todos los manuales de trastornos mentales.

    Con ese historial de partida, el resto de su vida es peor que cualquier película de marginalidad. Sigo sin entender cómo ningún servicio social, asociación o ser humano en general permite que alguien llegue a este punto de empobrecimiento personal.

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