DE OVIEDO A COPENHAGUE: PRIMERA SEMANA

En nuestra primera semana en bicicleta hemos visitado varios pueblos hasta llegar a Santander. En Cangas de Onís vimos estas papeleras, ¡con cenicero incorporado! Íbamos a pasar allí sólo un día, pero David no se encontraba bien y decidimos quedarnos hasta el martes. Teníamos una conferencia el jueves a las once y media de la mañana en el Instituto de Física de Cantabria (IFCA) en Santander, lo que suponía hacer ciento cincuenta kilómetros entre el martes y el miércoles para llegar a tiempo. Con todo el peso que llevamos en la bicicleta, que nos hace ir a una media de diez kilómetros por hora, David barajaba la idea de coger un tren hasta Santander, pero yo me oponía, porque el reto consiste en llegar a los sitios en bicicleta, por lo que decidimos hacer algo más de setenta kilómetros cada día.

Nos metimos por caminos de tierra encharcados y tuvimos que dar la vuelta porque la bicicleta de David no soportaba el terreno.

Comimos viendo los bufones de Pría y un profesor jubilado, apasionado de la geología, nos explicó que los bufones son columnas de aire y agua proyectadas por agujeros producidos al erosionarse la roca caliza y que hay que intentar conservarlos porque la rasa costera de roca caliza es un tipo de formación geológica escaso y el ocle de las costas es muy valioso, por ejemplo se emplea para obtener agar-agar, que sirve como espesante en la cocina o como medio de cultivo en laboratorios.

Por la tarde entramos a descansar en una cafetería y a tomar un caldo calentito con picatostes. No habíamos hecho ni cincuenta kilómetros y ya estábamos agotados, después de más de cinco horas en bicicleta. Llegó la hora de decidir dónde dormir. Ningún miembro de Couchsurfing con el que habíamos hablado nos podía alojar ese día. Iba a ser la primera vez que usáramos la tienda de campaña. David no se atrevía a acampar al aire libre en España y quería ir a un camping, pero yo considero que hemos gastado mucho dinero en equipamiento, que comer cada día supone un gasto elevado y que hay que intentar economizar todo lo posible, porque no tenemos ayuda en la financiación de este reto solidario. Como los dos tenemos que estar conformes con las decisiones que tomemos, preferí ceder y dormir por esa vez pagando.

Al llegar al camping, estaba cerrado por ser invierno, lo que me alegró. Nos escondimos detrás de un chiringuito cerrado por temporada e instalamos la tienda al lado de la playa. Encadenamos las bicicletas, metimos las alforjas en la tienda, colocamos las esterillas, hinchamos la colchoneta doble, cenamos empanada, queso y chocolate y nos metimos en los sacos de dormir. Estaba tan agotada que me quedé dormida al instante, con la ropa puesta, pero al poco me desperté, me cambié y ya no fui capaz de volver a dormirme hasta entrada la media noche por el exceso de luz. Escuchamos que un coche se acercaba hasta nuestra tienda y temimos lo peor. Tuvimos unos minutos de tensión en silencio y con todas las luces apagadas pensando que nos había descubierto la Guardia Civil y que nos iba a obligar a desmontar la tienda y a pagar una multa. Al final resultó ser un señor, que se fue unos minutos después, y nosotros nos dormimos con el sonido de las olas y los cencerros del ganado. Tiempo después nos explicaron que no es lo mismo acampar que pernoctar y que no había ningún problema mientras colocáramos la tienda al ponerse el Sol y nos fuéramos al amanecer.

Celorio (Asturias)

Empezaba un nuevo día, estábamos a noventa y ocho kilómetros de Santander y sólo faltaban veintisiete horas para que tuviéramos que hablar delante de un grupo de físicos y químicos. Iba a ser un día duro. Paramos a tomar algo en el bar La venta de Sol, en Lamadrid. La camarera era majísima y hasta nos ofreció quedarnos a dormir en una sala para empleados, pero tuvimos que declinar la oferta. Llamé por teléfono a Marco, por si estaba en Torrelavega. Me dijo que estaba conduciendo hacia allí y que se iba en tres horas para coger un vuelo. Aceleramos todo lo que pudimos para poder despedirnos de él y a David le acabó dando una pájara. Me pidió que me adelantara, que ya me alcanzaría cuando se encontrase mejor y, gracias a eso, llegué justo cuando se iba y pude darle un abrazo de despedida. Nos atendió su hermana y su madre nos abrió las puertas de su casa y nos dio de cenar. Nos habíamos quemado la cara con el sol.

Íbamos a pasar la noche en Torrelavega y a levantarnos a las seis de la mañana para llegar a tiempo al Instituto de Física de Cantabria, pero, al despertarnos, fui incapaz de subirme a la bicicleta, tenía un dolor horrible en la tripa y acabamos en el hospital. Me midieron la temperatura y la tensión y me hicieron análisis de sangre y de orina. El dolor se me quitó solo.

David tuvo que coger el tren, porque ya era imposible llegar a la charla en bicicleta, pero las cuestas le hicieron perderlo. Subió en el siguiente y, por ir muy deprisa, hacer mal tiempo y estar Santander lleno de pendientes, se cayó de la bicicleta. Empezó la reunión, todo sudado, quince minutos tarde.

Yo estaba saliendo del hospital. Llovía, pero el amor por la bicicleta se veía por todas partes, incluso con un paraguas en la mano. Fui a por la mía decidida a llegar a Santander sin tomar atajos. Granizaba y había tanto viento que un camión casi me saca de la carretera. No podía acelerar demasiado, la bicicleta se descontrolaba. Vi a dos cicloturistas con alforjas circular en dirección contraria y les saludé. Existe una norma no escrita que dice que cuando dos ciclistas se encuentran se saludan, pues ambos comparten el amor por la bicicleta y saben el esfuerzo que requiere en según qué tramos y los peligros a los que se exponen.

Centro Botín. Ángel de los Ríos.

Las cuestas eran cada vez más duras, pero alcancé Santander. Allí me esperaba David con la comida preparada en casa de nuestros anfitriones. Cuando Lara y Pablo salieron de trabajar, nos llevaron de visita por la ciudad hasta el centro Botín y a cenar comida típica de Cantabria. Aquí tienen la costumbre de abrir las tortillas como si fuesen pan para bocadillos y rellenarlas de mil maneras. En Quebec probé una exquisita de foie, jamón serrano y champiñones, en La esquina del Arrabal comimos pinchos de morcilla de Burgos y de canelones rellenos de pollo al curry, una delicia, y en Lanchoa descubrimos una combinación de anchoas con sobaos muy curiosa. Para rematar una velada perfecta hubo juegos de mesa.

Lupa es el supermercado más abundante de la zona. Compramos quesada típica y vi que vendían hojuelas y flores de carnaval, como las que comía en Valladolid de pequeña. Me hizo gracia el nombre de este lugar.

Los semáforos de Cantabria me resultan cómicos. El hombrecillo se mueve como si patinara cuando se pone en verde. En unos hay un temporizador para saber cuánto tiempo falta, no sólo para que se ponga en rojo, sino también para que se ponga en verde. En otros hay que pulsar un botón para solicitar cruzar. Aprovechamos e imprimimos cien tarjetas.

Nos olvidamos la bandera con el logo, la web, el origen y el destino en Santander. No tengo freno trasero porque se han gastado las zapatas y el delantero va por el mismo camino. Tras más de una semana fuera de casa, con la ilusión inicial mermada, el frío, la humedad, las cuestas, el cansancio y el dolor en las manos, empiezo a echar en falta la comodidad y el calor del hogar. Eso sí, todavía no sé qué es el famoso dolor de culo típico de los cicloturistas e ir sin ropa interior es una liberación.

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