CUATRO AÑOS EN LA PROSTITUCIÓN

Con veintitrés añitos, tras intentar encontrar trabajo sin estudios durante una crisis económica mundial, no disponer de una familia en la que apoyarme y tener un hijo al que no podía criar como me hubiera gustado, decidí colgar un anuncio en Internet ofreciendo mis servicios como prostituta. Tampoco lo consideraba algo tan grave. Lo veía como un servicio más, como el fontanero que te arregla las tuberías del baño o el limpiador que te deja la casa impecable un par de veces al mes. Llevaba toda la vida relacionándome a través del sexo. De esta manera además cobraría por ello. Lo que diferencia la prostitución del resto de profesiones es que el producto que alquilas es tu propio cuerpo y que la mayoría de los clientes no te ve como a un ser humano, sino que piensa que eres una mercancía, un objeto que puede manipular a su antojo.

En la primera llamada me preguntaron el precio. No había investigado cómo estaba el mercado, pero sí sabía la cifra aproximada de lo que quería cobrar: cien euros.
—¿Cien euros por cuánto tiempo? —me preguntó.
¿Tiempo? No entendía a qué se refería con eso de poner limitaciones temporales a las relaciones sexuales. Lo comprendí más adelante, con aquellos hombres drogados que podían pasar horas y horas teniendo sexo.
—Por una hora —le dije.
Quedamos para acostarnos en su coche. Yo vivía con mi pareja y con mi hijo y no disponía de un lugar para los encuentros. Quiso tener sexo anal, como casi todos los clientes si no les cobras un suplemento por ello (suele estar entre veinte y cincuenta euros más). Lo intentamos, pero no pudimos. Nadie lo consigue si yo no quiero o no me relajo, según los médicos, como respuesta de mi musculatura a violaciones pasadas.

Los primeros meses lo llevé más o menos bien. Para mí no era nada nuevo acostarme con extraños (siendo adolescente una amiga me dijo que había quedado con un camionero, que era su primera vez y que no se atrevía a ir. Me ofrecí a quedar en su lugar. Nos acostamos y quise estar un rato con él para no sentirme sola, pero me pidió que me fuera). No tenía amigos, mi vida era sólo trabajar y cuidar de mi hijo. Acostarme con ellos era una manera de poder sentir cariño, de socializar. Para ofrecer un mejor servicio, utilizaba una agenda personal en la que anotaba el número de veces que había quedado con esas personas, sus números de teléfono, todos los datos relevantes que me proporcionaban en las conversaciones pre y poscoito, la ropa que me había puesto, el tiempo que habían estado y el dinero que me habían pagado. Tenía clientes de todo tipo: hombres que se sentían solos y te trataban con respeto y cariño, chicos jóvenes y atractivos, ancianos de más de setenta años, vírgenes, ricos, pobres, cultos, ignorantes, grupos que iban de celebración, solteros, casados, sádicos frustrados… incluso amantes de la coprofagia dispuestos a pagarte mil euros por ello.

Tras un año trabajando, se empezaron a manifestar las primeras secuelas del trato que estaba recibiendo, en gran medida porque yo no sabía poner límites. Por ejemplo, debería haber establecido un horario de trabajo con días y horas concretas, en lugar de adaptarme a sus exigencias. No imponerme me obligaba a entregarles mi vida.
—Perdona, estoy ocupada ahora mismo. ¿Nos vemos en una hora y media?
—Estoy allí en veinte minutos o, si no, no voy.
Y vuelta a casa sin hacer la compra, para cambiarme de ropa y para que al final no apareciera, sin ni siquiera avisar, porque no les importas, porque para ellos no eres una persona con sentimientos y una vida propia. Era tan común que hicieran esto que acabé optando por no arreglarme. Para qué, si no iban a aparecer. Cuando el padre de mi hijo se lo llevó y me mudé a Avilés, al final terminé por abrir la puerta en toalla directamente. Este trato acabó contaminando mi vida personal. Llegaba cada vez más tarde a las citas de mi vida privada, porque no podía evitar sentir que no habría nadie cuando llegase, aunque fuese un sentimiento irracional.

Me resultaba muy violento cobrar por adelantado. Prefería darles mi afecto, acostarme con ellos, conversar y cobrarles antes de que se fueran. Debía tener cuidado con las palabras que empleaba. Cuando me mudé a Avilés les dije a mis clientes que les invitaba a conocer mi casa. Estuve con uno más de una hora, pensando en lo mucho que se demoraba el final de la relación sexual, diciéndome a mí misma que tenía que hacer el esfuerzo un poco más, que luego cobraría en función del tiempo invertido; pero se fue sin pagar, porque yo había dicho que le “invitaba”. Un caminero me pidió que fuera con él a dejar una entrega en Cádiz. Me ofreció mil euros por día, lo que suponía un total de tres mil euros por el viaje. No me iba a pagar por adelantado, pero la posibilidad de ganar tres mil euros me hizo aceptar. Sí, era muy ingenua, me costaba mucho darme cuenta de que el resto de personas engañan, estafan y tienen una moral diferente a la mía. Incluso a día de hoy, con toda la inocencia que he perdido, con lo desconfiada que soy, sigo siendo una ingenua, quizás por necesitar desesperadamente a los demás para ser feliz. Para mí es tan chocante que lo que percibo contradiga las palabras que salen de la boca de las personas… Entro en cortocircuito y no sé qué creer. Me hace dudar de mí misma. Aunque no creo que la gente lo entienda. Una cosa sí aprendí, que es mejor quedarse sin nada que aceptar algo sólo por la esperanza de conseguir otra cosa. Tres días estuve con él, tres días sin ver a mi hijo, tres días con su padre llamándome por teléfono para decirme lo mala madre que era, tres días sin ducharnos teniendo que lamer su asqueroso cuerpo. Y, como podéis imaginar, me echó del camión sin pagarme y sin llevarme de vuelta a Asturias; y todavía tuvo la poca decencia de volver a llamarme para quedar otra vez. Ni recuerdo las veces que no cobré. Incluso cuando decidí que, por muy violento que me pareciera, tenía que cobrarles antes de empezar, se las ingeniaron en alguna ocasión para acostarse conmigo gratis. Hacía un par de años que conocía a un cliente. Habíamos pasado por muchas experiencias juntos. Le gustaba que le vistiera de mujer, que le penetrara con mi arnés y salir en busca de transexuales con pene para que yo le ordenase lo que hacer con ellas. Habíamos pasado noches juntos en locales de intercambio de parejas y visto amaneceres columpiándonos en parques. Lo cierto era que pensaba que éramos amigos. En una ocasión no supe dónde dejar mi bicicleta y él me ofreció su casa. Cuidó de ella unos meses, hasta que tuve un lugar en el que guardarla. Vino a traérmela y a acostarse conmigo. Estábamos subiendo el camino hasta mi casa, guardamos la bicicleta y, al meter la llave en la puerta, se abalanzó sobre mí. Me saltaron las alarmas.
—¿Qué estás haciendo, Jessy? —pensaba—. Tú ya no dejas que se acuesten contigo sin cobrar por adelantado. Pero, ¿cómo vas a parar ahora? Eso sí que sería violento. Ya ha empezado. Además, es tu amigo, él no se iría sin pagarte, él no te haría eso.
Pues lo hizo. Me dijo que tenía que ir al cajero a por dinero y ahí supe que estaba mintiendo. Lo hizo porque se iba del país a trabajar al extranjero y no iba a quedar más conmigo, lo hizo porque estafarme no le ocasionaría ningún perjuicio. Y yo lloré y salí a la calle a caminar sin rumbo durante horas sin dejar de llorar y de sentirme estúpida, acumulando más odio y asco por las personas dentro de mí.

Muchos clientes intentan tener sexo sin protección y pondrán cualquier excusa para conseguirlo. Da igual que tú seas una prostituta, que te hayas acostado con más de trescientos hombres, que tu profesión tenga un alto riesgo de transmisión de venéreas… A ellos lo que les importa es sentir lo más posible, sin preocuparse de si contagian el VIH a sus esposas o si se convierten en portadores del VPH y les ocasionan un cáncer de útero, porque claro, ellas confían en la fidelidad de sus maridos y no usan protección con ellos. Pues lo siento, pero más de la mitad de los puteros son hombres casados. Te dirán que son médicos y saben que estás sana, que si lo haces en una piscina con cloro no te puedes contagiar, que son alérgicos a los profilácticos o cualquier ocurrencia disparatada. Tendrás que aprender a colocar tu mano en su pene siempre que vayan a entrar en ti, independientemente de la postura en la que te hayan colocado, para cerciorarte de que el preservativo sigue en su sitio, porque se lo quitarán en cuanto vean la oportunidad, sobre todo si te colocan en la posición del perrito. Y luego acabas embarazada de un guardia civil, abortando sola en una clínica. Y es que los cuerpos de seguridad del Estado también se deleitan con estos servicios, sobre todo si pueden ahorrarse el hotel extorsionando a un “delincuente” para que ceda temporalmente su casa. En una ocasión, yacía bajo un cliente que me estaba tratando con mucho cariño, lo que agradecía y me volvía más vulnerable. Me pidió hacerlo sin condón y le dije que no. Insistió varias veces, algo que no esperaba por ser incongruente con el trato que me había ofrecido hasta el momento, y me puse a llorar. Él se sorprendió muchísimo con mi reacción y me pidió que dejase de llorar, que iba a ponerse el preservativo.

La vida puede llegar a ser muy frustrante y agredir a otros es una manera de liberar la carga emocional.
—Voy a pagar contigo todo lo que me han hecho las mujeres —me dijo un cliente en una ocasión.
No recuerdo qué me hizo. Sólo sé que me violó y que yo volví a casa llorando. Hace años que tengo lagunas mentales, incluso de días enteros, supongo que como mecanismo de defensa de mi cerebro para poder soportar las experiencias traumáticas. Algunos intentaban drogarme. Otros querían estrangularme y llenarme el cuerpo de moratones. Otros se divertían llevándome de noche a bosques o aparcamientos donde se reúne la gente para tener encuentros sexuales casuales, obligándome a salir del coche e instando a los demás, que no habían pagado por mis servicios, a manosearme y a hacer todo lo que quisieran conmigo. Había quien disfrutaba alojando botellas en mi vagina. Y no es que sea incapaz de imponerme por miedo, no tengo miedo, es que siento clavado a fuego dentro de mí que tengo que dejarme hacer y no sé vencerlo. Me ocurre lo mismo en los hospitales. Y, al igual que es un abuso sexual prevalerse de la superioridad de raciocinio para mantener relaciones sexuales con un discapacitado psíquico o de una posición de poder o de la diferencia de edad, lo es prevalerse de la manipulación emocional para satisfacer los propios deseos con alguien a quien le cuesta tanto oponerse, por haber sido educada desde niña para creer que es una mala persona que no merece cariño si no se deja hacer.

El trato fue tan deplorable que acabé siendo incapaz de atender el teléfono y de levantarme de la cama para hacer eso.
—Venga, Jessy, tienes que trabajar, necesitas el dinero —me decía.
Pero no podía. Pasaba horas repitiéndome lo mismo hasta que se hacía de noche y entonces me levantaba. Ya podía seguir con mi vida porque era demasiado tarde para recibir clientes en casa. Tenía que encontrar una solución. Así que busqué trabajar para otras personas en vez de ser mi propia jefa, para así forzarme a salir de la cama, lo que redujo en un 40% mis beneficios.

Uno de mis clientes hizo un trato conmigo. Él contactaría con los puteros sin cobrarme ese 40% a cambio de que me acostase con él gratis. Nuestros encuentros pasaron de dos o tres veces al mes a más de veinte. Él tenía intención de montar un club exclusivo y refinado en el que practicar orgías y, para ello, necesitaba contactos, por lo que yo tenía que acostarme durante horas con las parejas que él metiese en mi casa y encima gratis, porque había que tener visión de futuro, algo que por lo visto a mí me faltaba por no querer aceptar prostituirme gratis. En esa época mi vulva estaba tan hinchada y llena de heridas, de lo que me estaban usando, que me dolía hasta sentarme. Tenía infecciones recurrentes, alteraciones de la flora bacteriana y se me deformaron los labios menores. Ese hombre terminó amenazándome por poner en riesgo su negocio.

Otro me “brindó” la posibilidad de fingir ser mi pareja y llevarse un 60% del precio pagado por el cliente (incluso el padre de mi hijo me ofreció un trato similar y contrató mis servicios en varias ocasiones porque echaba de menos acostarse conmigo). Se estaba hablando de mí en Internet. Los usuarios decían que estar conmigo era como tener novia, como acostarse con la vecina, que era una chica normal, con cierto aire de dibujo manga, muy tímida, lo que para unos era un aliciente y para otros un inconveniente, cariñosa, mucho más inteligente de lo que parecía, etc. En los foros describían las posturas en las que me habían follado, los lugares en los que habían eyaculado… Hablaban de mí como si fuera ganado. Cuando rompí el acuerdo con el proxeneta para el que trabajaba en ese momento, me desvirtuó en Internet para intentar dejarme sin clientes.

Al final acabé con un matrimonio que se prostituía. Se dedicaban a reclutar chicas, normalmente de pueblo, sin recursos, sin experiencia, para ofrecerles un mundo de lujo, refinamiento, mejoras en su aspecto, etc. Se hacían pasar por buenas personas: ellos sólo querían ayudarte, no recibían dinero de ti, tú eras una prostituta independiente que trabajaba con ellos y no para ellos. Pero, señores, aunque lo parezca, no soy tonta. Nos íbamos todos juntos a primeros de mes, cuando la gente cobra, a una casa de Santander con varias habitaciones con duchas de hidromasaje y baños con jacuzzi, para recibir la mayor cantidad de clientes posible de día y de noche. Si estábamos menstruando en esa fecha, nos metíamos un trozo de esponja de bebé en la vagina justo antes del encuentro sexual y se solucionaba el problema. Luego debíamos introducir los dedos hasta el fondo para encontrar la esponja que habían estado empujando hacia el útero, sacarla y lavarla. El matrimonio nos cobraba a cada una 500 euros por la habitación, 10 euros diarios por la comida, 10 euros diarios por anunciarnos en el periódico, cientos de euros por un book fotográfico… Querían cambiar mi estética, porque no sacaba mi potencial con la ropa que llevaba, no me maquillaba, no me arreglaba el cabello, no usaba potingues… Me obligaban a mentir a los clientes, a estafarles, a darles menos tiempo del que habían contratado… Mi manera de trabajar era muy diferente a la suya. Si me contrataban por media hora, me dejaba hacer hasta que acababan y me quedaba abrazada a ellos después conversando. Ella, en cambio, distraía de tal manera al cliente con conversaciones, juegos, lavados, etc. que en realidad sólo tenía sexo cinco minutos. Me dijo que iba a acabar en el hospital si seguía acostándome de esa manera con los clientes. En realidad yo sabía que el precio del alquiler de la habitación era de 180 euros semanales, porque lo había buscado por Internet, y que no pagaban el anuncio en el periódico todos los días, porque ojeaba el periódico de mis clientes. La última vez que fui de viaje con ellos, pagué los 500 euros de alquiler el primer día, porque no te permitían quedarte con el dinero, ellos te iban descontando los gastos y te daban el dinero cuando habías saldado la deuda. Una de mis compañeras, que no tenía efectivo porque todos los clientes me habían elegido a mí, me pidió prestados 300 euros para poder pagar al padre de su hijo (dinero que nunca recuperé). Como no era capaz de echar a los clientes cuando acababa el tiempo, me castigaban quedándose con el dinero, para evitar, según ellos, que el resto de prostitutas me pegasen. Cuando un cliente sólo venía a ver la mercancía y quería irse después, le obligaban a pagar 20 euros, lo que solía ocasionar enfrentamientos. Las chicas me preguntaban que si no me daba miedo trabajar sola por lo que me pudiera pasar, pero yo me dejaba hacer sin dar problemas, por lo que esos conflictos no los iba a tener. No sólo el trato de algunos clientes hacia las prostitutas es aberrante, el de algunas trabajadoras sexuales con ellos, también. Una noche entró un cliente y empezó a decirme que me quería. En mi mente yo le suplicaba que se callase, que dejase de mentir, que no contaminase también esa palabra. Me puse a cuatro patas para que no viese cómo lloraba y siguiera empujando hasta que llamaran a la puerta al terminarse el tiempo del servicio. Gané 1700 euros en una semana y volví a casa con 90 euros.

Después de eso, les cogí tanto asco a los clientes que ya no puede volver a acostarme con ellos. Busqué tratamiento psicológico privado dejándolo a deber y ayudas económicas y esperé más de un año para recibirlas, aguantando con pequeños apoyos, comiendo con vagabundos y drogadictos y prostituyéndome sólo con dos clientes: uno que me daba menos de la mitad de lo que yo cobraba, pero con quien me encontraba cómoda y pasaba la mayor parte del tiempo conversando y otro que me pagaba el alquiler quedando con él dos veces al mes de doce a cinco de la madrugada para ir a locales de intercambio de parejas, donde aprendí que cuanto más tiempo aguantase con sus penes en la boca por mucho que quisiera sacármelos, menos me dolería la vagina. Retomé mis estudios y dejé atrás esa vida, no sin secuelas.

Me daba asco la gente, lloraba al mantener relaciones sexuales, me sentía violada, no tenía casi apetito sexual, me vestía lo más tapada posible para evitar que me desearan, pasé de ser multiorgásmica a casi no poder alcanzar un orgasmo, me volví todavía más desconfiada, más fría, más reservada… Y es que llega un día en el que de repente te das cuenta de que no existes y te preguntas en qué momento desapareciste si ni siquiera habías notado que algo así te estaba ocurriendo. No sabes qué quieres, qué te gusta, qué te viene bien… Sólo sabes dejarte hacer, aguantar y llevar tu mente a otro lugar mientras hacen lo que quieren con tu cuerpo. Y sientes dolor, impotencia y rabia, porque les has dejado hacerte eso, porque no te has protegido, porque esa gente que parece no tener principios, que no te paga aunque tú te esfuerces por complacer, que no te avisa de que no puede acudir a la cita, que intenta penetrarte sin preservativo, que te maltrata, que te viola y que te estafa, se comporta en sociedad de manera correcta, lo que te hace sentir que en realidad eres tú la que no vale nada.

Cuando recibí mi primer sueldo fuera de la prostitución, gracias a Pablo, que habló bien de mí para que me dieran una oportunidad laboral, la sensación de cobrar sin haber tenido a alguien dentro de mí fue maravillosa. Muchas gracias por darme esa oportunidad.

Quiero aclarar que, aunque me parece que las mujeres del vídeo que viene a continuación confunden prostitución con trata y generalizan demasiado y sé que hay prostitutas que disfrutan con su trabajo y clientes que son excelentes personas, también hay mujeres, como yo, que, aun prostituyéndose libremente, han vivido todo lo que se dice en ese vídeo y terminado con secuelas, como el síndrome de estrés postraumático, debido a las vejaciones, las agresiones, las amenazas y las violaciones, además hay que tener en cuenta que muchas de ellas ya habían sufrido abusos sexuales durante su infancia; ni qué decir sobre el infierno por el que tienen que pasar las que son obligadas a prostituirse.

¿Que si creo que hay que legalizar o ilegalizar la prostitución? Pienso que habiendo hombres que tienen verdaderos problemas para encontrar a mujeres que quieran acostarse con ellos (algunos lo que más buscan es afecto y todo el mundo merece cariño) y prostitutas que disfrutan con su trabajo, legalizarlo contribuiría a cubrir una necesidad de forma legal, aumentar los fondos de las arcas públicas, tener experiencia laboral demostrable, acceder a prestaciones por desempleo, baja laboral y a una pensión contributiva, a proteger al cliente y al trabajador y quizás a eliminar el estigma social, convirtiéndola en una profesión tan respetable como cualquier otra, donde el profesional tiene los mismos derechos que el resto de trabajadores y es tratado como un ser humano, como debería hacerse también con el cliente. Lo dañino es el trato, no el servicio en sí. Si se ilegalizara, al menos deberían proporcionar salidas a todas esas mujeres que se prostituyen para poder sobrevivir. Si no tienen otra opción, lo seguirán haciendo, aunque sea ilegal. No sólo tendrán que aguantar compartir algo tan íntimo con quien no quieren, el estigma social y la visión de un futuro nada prometedor; sino que serán multadas, castigadas por los fallos de una sociedad que no funciona. Nos mantenemos en un vacío legal porque somos un país de hipócritas.

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  1. Mihaela dice:

    Jessica, tu historia parece el relato de una película de terror… Espero que tal como tu dijiste, al escribir en este blog, te ayuda. De que manera? Esto sólo tu lo sabes… Cuando te vas a sentir preparada, intenta pasar a la siguiente etapa, que sería ayudar a los que te leen, a través de tus palabras… Como? Tu tienes la ventaja de tener una inteligencia que sobrepasa los limites normales, así que encontrarás el camino… si de verdad quieres…
    Y también de ti depende, (aunque te cuesta creer y aceptar y pondrás pegas reales), construir a partir de ahora, una nueva vida…
    Te quiero, Jessica. 😘

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