AMA Y RESPETA A TUS HIJOS. EL RESTO DE DECISIONES SON OPCIONALES

Me dormí casi a las dos de la mañana y son las seis, pero no puedo seguir durmiendo, hay demasiadas cosas que quiero decir. Me he callado demasiados años.

Sí, soy de esas madres locas que paren en casa. Siempre me he considerado más “avanzada” que el país en el que vivo. Comía ecológico cuando era casi imposible encontrar una tienda que vendiera esos productos en Valladolid y el precio era bastante más elevado que ahora. La falta de demanda puede encarecer mucho un producto, aunque pueda sonar contradictorio. Nunca he tenido claro si los productos ecológicos son un timo, porque el sello puede ser otorgado a cambio de dinero, porque hay intereses económicos detrás, porque unos dicen que son más saludables y otros que no… En mi juventud, como me lo podía permitir, los consumía. Al final, cuando no sabes qué creer, tienes que decantarte por una opción y prefería quedarme con un alimento que PODÍA ser mejor para la salud. Creía en las relaciones de más de dos miembros antes de saber qué nombre tenía aquello y de que se pusiera un poco de moda. Me parecían mejores, por varios motivos. Muchas personas creen que su pareja tiene que darle todo lo que ellas quieren, que tiene que compartir sus aficiones, sus gustos, sus temas de conversación y complementarlas completamente, algo que es prácticamente imposible. Ser fiel me parecía antinatural y algo que a mí personalmente me costaba mucho conseguir, porque aprendí a socializar ofreciendo sexo y era incapaz de controlarlo. La mayoría de las personas que conocía engañaban a su pareja y eso tendría que ser por algo. Un día me sentí muy orgullosa de mí misma porque conseguí decirle que no a un hombre casado. Estuve con él, su mujer y sus hijos de excursión. Me lo había pasado genial con ellos. Ni siquiera recuerdo cómo les conocí. Él me había dicho que conmigo podía hablar de cualquier cosa, algo que era difícil de encontrar en una mujer. Me pidió quedar y yo, dentro de mi inocencia, no me di cuenta de sus intenciones. Pensé que le gustaba hablar conmigo, que quería ser mi amigo. Me quiso llevar a su caravana y yo, otra vez con toda mi inocencia, porque una caravana era un sitio más cómodo que la calle para hablar, acepté ir. Intentó acostarse conmigo y me indigné. ¿Cómo podía hacerle eso a su mujer? Le di un discurso, que puede que no sirviera para nada aunque él pareciera arrepentido y me fui. Y me sentí tremendamente orgullosa de mí misma, porque nunca conseguía decir que no, porque darles lo que me pedían era ser buena, era merecer cariño, porque yo sólo era una vagina que no tenía más valor que el placer sexual que pudiera dar. Y me sentí orgullosa porque una infidelidad no es sólo cosa del que engaña, aunque esa persona sea la mentirosa y la que no tiene respeto por su pareja, también de la persona con la que se engaña, a menos que esa persona sea engañada también. Y suerte que tuve de que no creyera que, como fui a su caravana, lo iba buscando y que tenía derecho a violarme por ser tan ingenua de creer que alguien podía estar interesado en mi persona y no en mi coño. Pues eso, que había intentado tener parejas y quererlas, pero ninguna me había gustado de verdad, porque era incapaz de encontrar a esas personas de mi estilo en los ambientes en los que me había criado. Ahora sé que no quiero ese tipo de relaciones en mi vida, porque por fin he visto que las relaciones monógamas sí que pueden funcionar, que sí que se puede querer a alguien para toda la vida, que no es necesario tener varias parejas para que llenen todos los aspectos de tu vida porque existe la amistad y que el amor es algo que se cultiva y que con esfuerzo crece. Ahora es cuando muchos critican el amor de cuento y es justo cuando me he dado cuenta de que sí que soy capaz de entregarme así a alguien. Qué paradójico.

Lo bueno de no tener familia es que no te inculcan tantos prejuicios ni te intentan obligar a seguir un camino. Eres un poco más libre. Tenía claro que, si algún día tenía hijos, nunca les iba a poner la mano encima. No sabía bien cómo les iba a educar, pero tenía que existir alguna manera respetuosa de hacerlo. Dediqué cuatro años de mi vida a saber de qué manera quería hacer las cosas. Tenía a todo el mundo en contra, personas que no habían dedicado ni un momento a informarse, personas que a día de hoy siguen pensando exactamente igual aunque no hayan leído un puto estudio, porque hay ciertos temas en los que todo el mundo se cree experto y con derecho a opinar aunque sean unos completos ignorantes.

Sí, era de esas mujeres que pertenecían a El parto es nuestro, La liga de la leche, Criar con el corazón, Crianza natural… que reivindicaban el derecho de toda mujer a tener a su hijo como quisiera. Y nunca critiqué a otras madres por elegir caminos diferentes al mío, porque sabía que, cuando llegase mi turno, no iba a permitirles criticar. Y lo intentaron, pero se lo dejé bien claro. “¿Recuerdas que yo te haya dicho algo respecto a tus decisiones con tus hijos?” Y sí, sé de lo que hablo cuando digo que la inmensa mayoría de las lactancias perdidas no han sido por ningún problema materno. Que son las malditas tres horas entre tomas impuestas por los médicos, que es el miedo que se le mete en el cuerpo a la madre cuando le dicen que su leche está “aguada” y no alimenta, los biberones que le dan en el nido, que pueden hacer que se le olvide cómo mamar, los biberones que le da la madre por miedo a dejarle con hambre que hacen que el bebé mame menos, los chupetes… La lactancia tiene que ser a demanda, siempre que el niño busque la teta, aunque hayan pasado quince minutos; y durar tantos días, meses o años como madre e hijo quieran. Producir leche no es como tener un globo que se queda vacío, es como un grifo. Cuanto más abres el grifo, más líquido sale. Cuanto más pones al bebé a la teta, más leche produces. ¿Y sabéis por qué lo sé? No tiene que ver con que yo lo haya hecho así durante el año y medio que tuve a mi hijo y no haya tenido ningún problema. Podría ser un caso aislado. Lo sé porque todas las mujeres que conocí que tenían la información adecuada y se empeñaron en dar el pecho, lo consiguieron. Absolutamente todas. Ah, por cierto, nunca tuve que levantarme de noche, porque mi hijo y yo colechábamos y, cuando tenía hambre, se enganchaba él solo a la teta sin despertarnos.

La hermana del padre de mi hijo siguió los consejos del médico. Vi cómo sufría por su lactancia. Intenté ayudarla, pero no me hizo caso, porque yo soy una cría que no sabe nada y el médico es un hombre respetable con una carrera. Perdió su lactancia y se convenció de que no podía haberle dado el pecho a su hijo. Está demostrado que la leche materna es lo mejor para un bebé y que tiene beneficios a lo largo de toda su vida. Como dice Carlos González, es un regalo para toda la vida. Hay madres que no quieren dar el pecho y no pasa nada. No son peores madres por ello. A mí me parece muy cómodo no tener que preparar biberones ni esterilizar nada ni estar atento a la temperatura ni preocuparse por el Bisfenol A, si es que es verdad que produce algún problema, muy económico no tener que comprar leche de fórmula y relajante tener esos momentos de paz y saber que puedes consolar a tu hijo en cualquier momento con tu pecho. Hay madres a las que les cuesta dar el pecho debido al trabajo o que no quieren que sus pechos se estropeen (porque lo hacen y mucho: colgajos llamo yo a los míos) o que tienen algún problema real para dar el pecho o que prefieren no darlo por el motivo que sea. Tienen todo el derecho del mundo a no darlo. No son en absoluto malas madres por ello. Pero que sea porque lo deciden libremente, no porque les han estropeado la lactancia.

Prefiero parir en casa porque para mí el parto debería darse en un ambiente similar al que tendrías para hacer el amor con tu pareja. En la bañera, con música suave, velas, masajes, intimidad… Para parir se necesita oxitocina, la hormona del amor (hay mujeres que incluso pueden llegar a tener orgasmos durante el parto). Es tan necesaria que para evitar un parto prematuro se emplean fármacos antagonistas de la oxitocina. ¿Y sabes qué hormona es antagonista de la oxitocina? La adrenalina. Si una hembra está de parto y se siente amenazada, el parto se detiene para que pueda huir. Si estás en un hospital con luces intensas, con estudiantes de medicina haciéndote tactos cada poco, en posturas incómodas, inhibida por la vergüenza, con miedo por el instrumental y porque cada poco se pierde la señal de la frecuencia cardiaca del bebé, lo que podría indicar que se está quedando sin oxígeno, aunque en casi todos los casos es que te has movido porque te molesta estar en esa posición… lo más normal es que estés segregando adrenalina. Habrá muchas mujeres que se sientan seguras en manos de los médicos y que estarán encantadas de que ellos se ocupen, pero algunas queremos otro tipo de parto.

El parto no es una enfermedad. Es un proceso relativamente seguro, donde se presentan complicaciones en menos del diez por ciento de los casos. Otra cosa es que los protocolos médicos generen problemas que ellos mismos resuelven después. Si realmente los médicos pensasen sólo en el bienestar de la madre y del bebé y actuasen sólo cuando hubiese una complicación, el número de partos inducidos y de cesáreas sería similar en todos los países (o en los países donde las mujeres tuvieran la misma fisonomía y el mismo acceso a una alimentación saludable) y no habría distinciones entre la sanidad pública y la privada, pero los datos muestran una realidad diferente. Hace años que no me informo sobre esto, no recuerdo las cifras exactas y no voy a perder el tiempo con búsquedas; el que tenga interés que se informe. Si tu embarazo es de bajo riesgo y vives cerca de un hospital, el parto en casa  con una matrona competente es igual de seguro que el parto hospitalario y tiene menos complicaciones asociadas a protocolos médicos.

No quiero maniobra de Hamilton ni prostaglandinas para inducir el parto, cesárea programada por comodidad médica, rasurado, enema, rotura artificial de la bolsa amniótica ni perfusión de oxitocina sintética ni maniobra de Kristeller para acelerar el parto, estar tumbada, que me dirijan los pujos, que no me dejen gritar, episiotomía, puntos, profilaxis ocular ni vitamina k inyectada en mi bebé, estiramiento de sus piernas para tomar medidas, separación, lavado del bebé sin poder abrazarlo ni olerlo, administración de biberones en el nido, empleo de chupete, etc.

El perro, el gato y la gallina. Carlos González

Picoteaba un día una gallina
entre unos desperdicios de cocina
cuando le sobrevino un deseo urgente
de alzar la vista al frente
y caminar con paso vacilante
(el cuello para atrás y para adelante)
hacia un montón de paja allí dispuesto.
Cacarea, se sienta, se menea,
pica, repica, suplica, tuerce el gesto,
se levanta, se vuelve, cacarea,
puja, empuja, apretuja y pone un huevo.
Un gato, que de todo fue testigo
(aunque el suceso no era nada nuevo)
reflexiona, lamiéndose el ombligo:
“A las puertas del siglo XXI
y que aún pongan los huevos de uno en uno!”
No alcanza a comprender su alma felina
que una simple gallina,
no sabiendo de ciencia ni de oficio,
sin el auxilio de gente preparada
ni acceso al beneficio
de la moderna técnica avanzada
esté a poner un huevo autorizada.
Se acerca el gato a un perro que dormita
al sol junto al corral
y al oído unas frases le musita
en tono coloquial:”¿Se ha fijado, colega,
en cómo pone la gallina, ciega
al peligro, sin método ni nada?
Hemos de poner fin a un sufrimiento
que hace de las gallinas instrumento
de la naturaleza desatada.”
“Tiene razón”, responde el aludido,
“que es la puesta una empresa complicada
para hacerla en un nido.
Hay que abrir un centro veterinario,
a modo de huevario,
en el que sea la puesta controlada
y el huevo por expertos atendido.”
Buscar deciden, pues, a la gallina
que a la puesta parezca más cercana
y resulta ser tal la Serafina.
El gato le pregunta: “Dime, hermana,
¿no notas de algún huevo la venida?”
“Nada noto” — “¡Es puesta retenida!”
“Hemos de proceder sin dilación. Estírate para la exploración.”
“¿Me siento así?” — “¡No, tonta, boca arriba!
“Procede a desplumar el perineo
(¡qué vergüenza!).
“Colega, ya lo veo. Con una lavativa
y una infusión de hormonas adecuada
habremos de inducir ahora la puesta;
y una vez dilatada,
hacer palanca con una cuchara
y recoger el huevo en una cesta.”
(Hubo de dar el gato una tajada,
porque, si no, no entraba la cuchara.)
Ya se extiende la voz: ¡Por fin la ciencia da respuesta a este problema diario!
Las gallinas, con suma diligencia
acuden al huevario.
Y es fama que de ciento que allí ponen
son las cien boca arriba desplumadas,
las noventa tajadas, las cincuenta inducidas,
cuarenta instrumentadas, y algo más de treinta
salen con un buen corte en la barriga.
Tan sólo una recela: nuestra amiga que iniciaba esta historia.
Porque es gallina vieja, que ya ha puesto
mucho huevo en la vida, y todo esto
le huele más a esclavitud que a gloria.
¿No ha de tener mi cuento moraleja?
Hela aquí: Mujer, no seas gallina, y si lo eres, sé gallina vieja.
Pregunta al que entusiasta te aconseja métodos tan científicos y nuevos.
“¿Ayudas tú en verdad a la gallina o sólo vienes a tocar los huevos?”

No importa la vida que decidas darle a tus hijos si crees que es la mejor que puedes ofrecerles. No existe la vida perfecta. Lo que es bueno para ti no tiene por qué serlo para otros. Tus hijos pueden renegar de la vida que elegiste darles: es lícito. Lo importante es proporcionarles las herramientas necesarias para que sean capaces de encontrar su propio camino sin miedo, lo que supone el respeto a la diversidad y no una crítica a tus valores. Como dice Jessica Gómez, “Respira, serás madre toda tu vida.

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